Es hora de picarle a’lante al hambre

Hay tierra fértil para exitosamente combatir el hambre y elevar a las familias fuera de la pobreza.

Por: Valeria Aguirre Mercado
“El hambre perpetúa la pobreza al impedir que las personas desarrollen sus potencialidades y contribuyan al progreso de sus sociedades” - Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas desde el 1997-2006 y recipiente del premio nobel de la paz en el 2001

¿Por qué nos debería importar el hambre? A menudo he oído que la hambruna es algo que sucede en otras partes del mundo, pero no aquí. No en un archipiélago con potencial agrícola y millones de dólares en fondos federales. Esto es, por supuesto, una falacia: miles de personas en Puerto Rico sufren las garras del hambre, y decir lo contrario resulta peligroso y perjudicial en tiempos de incertidumbre climática, política y económica.  

Puerto Rico tiene una tasa de pobreza general del 40%, mientras que el 55% de la niñez y juventud viven en condiciones de pobreza. Sabemos que la pobreza pone en mayor riesgo y acelera la inseguridad alimentaria dado al limitado poder adquisitivo. 383,000 niños, niñas y jóvenes viven en o cerca del umbral de pobreza significa que, durante el Día Mundial de la Alimentación de este año, más de la mitad de la población joven de Puerto Rico está expuesta a la inseguridad alimentaria.

Sería una mentira decir que los altos índices de pobreza son un efecto pasajero y temporal de los numerosos desastres naturales y eventos que han azotado a Puerto Rico en los últimos años. El huracán María de 2017, los terremotos del 2020, la pandemia de Covid-19 aun en curso y ahora el huracán Fiona del 2022, simplemente agravaron una realidad socioeconómica ya difícil. También catapultaron la inseguridad alimentaria y nutricional de las personas que viven en vulnerabilidad económica  y destacaron cuán frágiles eran en última instancia los sistemas para prevenir y mitigar los desastres. Pero es imposible hablar de seguridad alimentaria sin hacer referencia a las fuentes de alimentos. Estos desastres acentuaron los diferentes obstáculos para el abastecimiento y distribución de alimentos en nuestro archipiélago.  

Entre el 80% y el 95 % de todos los alimentos son importados a Puerto Rico, lo que representa un grave problema si consideramos la alta susceptibilidad a los desastres naturales. Y sin embargo, se ha pasado por alto casi de manera sistemática el fortalecimiento de la agricultura local y el desarrollo de planes de mitigación preventivos resistentes y efectivos frente a los desastres naturales. Una producción agrícola tan limitada es la primera señal de alerta para un país tan frágil desde el punto de vista geográfico y ambiental. Un país con poca o ninguna autonomía alimentaria se convierte en uno expuesto y desprotegido ante las crisis humanitarias.

Pero mientras que la pérdida de la cosecha y el acceso a alimentos nutritivos cultivados localmente representan un lado del desastre, la incapacidad total para prender una estufa o un microondas se convierte en una odisea diaria.  

Más recientemente, y como consecuencia de estos efectos desastrosos en la infraestructura y los sistemas de energía, los cortes de electricidad intermitentes pero regulares provocados por el huracán Fiona se han convertido en una metáfora de la inseguridad alimentaria sistémica en casi todos los hogares Puerto Rico. Tomó aproximadamente 2-3 semanas restablecer la electricidad en al menos el 90% del país. Mucho antes y durante este período, hogares y centros de alimentos sufren apagones de electricidad constantes, echando a perder alimentos (que se han vuelto aún más costosos por los efectos de inflación) en miles de hogares y dañando permanentemente los refrigeradores y otros enseres de cocina. La desorientadora y frustrante dinámica eléctrica en el archipiélago no solo se ha convertido en un inconveniente, sino en una verdadera amenaza para el bienestar nutricional de las familias. Es habitual, consecuencia normalizada de vivir en una isla con tan frágil infraestructura, que las familias pierdan alimentos debido a problemas de energía diarios.

Y es así que las familias dejan de comprar productos frescos. Dejan de usar el poco dinero que tienen en alimentos frescos y locales, que a menudo son de más alto valor nutricional que los enlatados y no perecederos. Entonces, nos vemos en medio de un ciclo vicioso y peligroso donde la nutrición se deja de lado y finalmente se descarta debido a una combinación preocupante de condiciones socioeconómicas, infraestructura energética frágil y condiciones climáticas inciertas. La receta perfecta para un declive de salud física y emocional colectivo.

Puerto Rico se encuentra en un momento crucial, social y económicamente. Después de años de declararse en bancarrota y una serie de medidas de austeridad implementadas desde antes del huracán María, el presupuesto fiscal tiene superávit y está en condiciones favorables. Estamos en el momento óptimo para comenzar a diseñar, producir y abogar por políticas que aseguren un futuro estable, justo y humanitario para todos nuestros ciudadanos.  

Sin embargo, es injusto, incluso desmesurado, exigir capital humano y producción laboral confiable cuando los alimentos no están disponibles o son perjudiciales para quienes protagonizan el avance de la economía. El hambre es una amenaza a la dignidad humana. Nuestras niñez y juventud, en quienes deberíamos invertir íntegramente como parte de la maquinaria que moverá a Puerto Rico, se ve afectada por la falta de alimentos nutritivos en su vida diaria y la violencia del hambre ¿Cómo podemos pedirles más motivación, más excelencia académica, más compasión cívica, cuando su capacidad para levantarse por la mañana y funcionar se ve obstaculizada por el hambre? Cuando su salud está en continuo riesgo por una mala alimentación y una dieta poco saludable.  

El hambre tiene tentáculos. Estas raíces invisibles se convierten en enredaderas que acaparan todos los aspectos del bienestar emocional, mental y físico de una persona.

El hambre tiene tentáculos. Estas raíces invisibles se convierten en enredaderas que acaparan todos los aspectos del bienestar emocional, mental y físico de una persona. Cuando toda una población padece de hambre, esta se enferma por sus efectos secundarios y el progreso adelante se opaca. Una sociedad efectiva, productiva y pacífica no se puede construir con el estómago vacío. Si vamos a impulsar una agenda que luche por la movilidad económica y el bienestar social, debemos abogar por alimentos nutritivos accesibles, disponibles en todos los aspectos que lleguen a todas las familias.

La inseguridad alimentaria trastoca distintas facetas del desarrollo humano –este desarrollo al que tenemos derecho plenamente. El Instituto del Desarrollo de la Juventud (IDJ), en sus esfuerzos para contribuir a la seguridad y movilidad económica de familias en Puerto Rico, comprende que la lucha para la conseguir nutrición a grande escala, es integral. No se puede hablar de movilidad económica de las familias si no existe la disposición emocional para moverse; si no está presente la buena disposición que viene de la mano con la buena salud. Reconocemos que el momento para actuar es ahora.  

En los esfuerzos para coartar el hambre nos enfrentamos con múltiples retos. Pero tal vez ahora es el momento más oportuno para abogar. Hay tierra fértil para exitosamente combatir el hambre y elevar a las familias fuera de la pobreza. La receptividad positiva del ejecutivo federal para atender la seguridad nutricional de Puerto Rico y su preocupación con la seguridad alimentaria nacional en sí, provee una ventana de oportunidad para alzar nuestros reclamos a mayor ayuda y asegurar que se dispongan mayores recursos para las familias empobrecidas.

Si no se atiende con premura los efectos nocivos y violentos que tiene la inseguridad nutricional, corremos el riesgo de obstaculizar aún más el progreso económico de las familias y de Puerto Rico.  Corremos el riesgo de atrasar el desarrollo pleno de nuestros niños y niñas e impedimos el bienestar físico y emocional imprescindible para que se conviertan en adultos competentes, felices y entusiasmados por echar a Puerto Rico hacia adelante.  

El momento es ahora.  

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